Uno de los grandes militares del siglo XVIII
(1727-1794)
Ricardos Carrillo De Albornoz ,consumado táctico, destacan su preocupación por la formación de oficiales y sus triunfos de guerra en el Rosellón; fue un admirador de los enciclopedistas constituyendo un ejemplo de militar moderno del siglo XVIII español y europeo.
Era hijo de militar y sobresalió, desde temprano, como oficial de caballería en el regimiento que mandaba su padre (el de Caballería de Malta) en Barbastro, del que fue capitán comenzada su adolescencia. Participó en la Guerra de Sucesión austriaca, en la guerra con Portugal; después se dedicó a estudiar la organización militar prusiana, capacitación que le valió para ser enviado por Carlos III a reorganizar el dispositivo militar de la Nueva España.
En 1768 fue miembro de la comisión para establecimiento de los límites exactos entre España y Francia. Los méritos contraídos consiguieron para él una Encomienda de Santiago. Cofundador de la Real Sociedad Económica de Madrid y llegado a teniente general e inspector de Caballería, creó el Colegio Militar de Ocaña, donde introdujo nuevos métodos de formación moderna.
Carlos IV lo promovió a Capitán General de Cataluña, con competencias de gobernador del Principado (1793), en cuya condición tomó el mando del ejército para invadir el Rosellón. Entre abril y septiembre tomó Arles, el río Tec y Bellegarde, venciendo, por sus condiciones de estratega y táctico, en Mas Deu y en la batalla de Truillás, causando allí seis mil muertos al enemigo. Pudo vencer a los ejércitos de la Convención republicana en Asprés, tomando Port Vendres, Santelme y Collioure, dominando, así, toda la costa rosellonesa. Sin medios para continuar una campaña que alcanzó resonancia europea, regresa a Madrid, para exigir apoyo a Godoy. Y estando en la gestión, muere en 1794. Desde ese momento, la guerra en el Pirineo oriental comienza a perderse por las armas españolas, faltas de un jefe que pudiera suplir las virtudes humanas y profesionales de Ricardos.
Condecorado con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, la más alta distinción de la Monarquía, su muerte supuso para su viuda el título de condesa de Truillás, como prueba tangible de lo que la Corona adeudaba a este distinguido servidor.